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Paco

     Paco se despertó sobresaltado en la cama. Durante la noche un deseo irrefrenable se había apoderado de él, una obsesión que, ahora despierto, no alcanza a comprender cómo lo ha dejado descansar hasta ahora.

     — ¿Qué te pasa Paco?
     — María, me voy a por tabaco.
     — Pero Paco, si tú no has fumado en tu vida, ¿de qué estás hablando?

     Haciendo caso omiso, Paco se levantó y se vistió en un santiamén. Estaba poseído de una nueva energía, un nuevo propósito. Bajó los escalones de tres en tres, a punto de abrirse la cabeza, y una vez en la calle, inspiró profundamente el gélido aire matutino, llenándose los pulmones.

     Y bien, ¿dónde consigue la gente el tabaco? En toda su vida no había pegado ni tan siquiera una mísera calada a un cigarrillo. Siempre que se lo ofrecían, rechazaba tímido “no no, si yo no fumo”. Comenzó a deambular por las calles desiertas de su pueblo, sin dirección concreta. Debería haber cogido una chaqueta, refrescaba bastante. Sin desayunar, desabrigado y sin tener ni idea de donde podría satisfacer su repentino anhelo, parecía que sus fuerzas flaqueasen. La fuente de energía que hacía unos momentos lo había impulsado a saltar de la cama y salir a la calle ya parecía que se iba secando.

     La verdad es que nunca había sido un hombre impetuoso. Ya desde muy niño, cuando se encaprichaba de algo, bastaba un seco y severo “no” de sus padres para que desistiera de inmediato. Ni siquiera con las cosas que verdaderamente quería, como aquella bicicleta de carreras roja, con 15 marchas, que le hubiera permitido ir de excursión con sus compañeros. Más mayor, en el instituto y en la universidad, se dejaba llevar por la pandilla de amigos, llegando a hacer cosas con las que estaba abierta y expresamente en desacuerdo. Aún recuerda con cierto amargor aquella vez que decidieron irse sin pagar de su restaurante favorito, todo por un desplante o un mal gesto de la camarera hacia uno de sus amigos, que más envalentonado los azuzó a todos a hacer un “simpa”. Se quedó sin poder volver al sitio, y eso que era de los que más le gustaban.

     Sumido en estos pensamientos, llegó a la plaza mayor. “Pues en esto si que no me pienso rendir”. Y a la vez que musitaba para sí mismo, levantó la cabeza y vio el radiante letrero, como si lo estuviera esperando. Estanco. ¿Cómo podía haber olvidado el nombre dado a los establecimientos donde se dispensaba a diario el objeto de su nuevo e inesperado deseo? Con renovadas fuerzas se dirigió sin vacilar hacia la puerta. Empujó una, dos, tres veces, pero ésta no cedía. Fue entonces cuando reparó en el cartel de cerrado. Ah claro, que hoy es domingo. Y muy temprano además.

     Desorientado, miró en derredor. Reparó a lo lejos en una joven pareja sentada en uno de los bancos. Acaramelados, él con un brazo en torno a los hombros de ella, ella con la cabeza recostada en su pecho, se turnaban dando largas caladas a un cigarrillo. Paco se aproximó a ellos, dispuesto a averiguar adonde dirigirse para calmar su anhelo.

     — Buenos días.
     — Muy buenas.
     — Veréis, lamento incordiaros, pero ¿sabéis por casualidad donde puedo comprar una cajetilla? — dijo señalando el pitillo.
     — Ah, no pasa nada, te doy yo uno.
     — No, verás, es que yo…
     — ¿Vas a rechazarme la oferta, encima que es el último que me queda?— interrumpió altivo el chaval.
     — No, bueno, esto…
     — Anda, toma y no se hable más.

     Paco, turbado por la generosidad del mozo, coge el cigarrillo y sin saber muy bien qué hacer con él, comienza a correr alejándose, sin escuchar al otro decir “¡pero hombre, espera que te doy fuego!”.

     El encuentro con aquel adolescente lo había dejado algo desorientado y confuso. ¿Por qué había sido tan desagradable con él? Creía que lo había ayudado, sí, pero lo que él quería era comprar un paquete, no tan solo un mísero cigarrillo, encima de todo de los mentolados. Él siempre había odiado el sabor a menta. No es que se lo fuese a fumar, estaría bueno, comenzar a fumar a su edad. Su padre sí que había fumado como un carretero toda su vida. Era de los de fumar sentado en el salón, viendo lo que echasen por la tele, y así caía un paquete tras otro. Y a los cincuenta y cinco años, fulminante, cáncer de pulmón.

     “Otra vez con estos funestos pensamientos”, se regañó. Pues no iba a cejar en su empeño por conseguir una cajetilla de rubios, no señor. Aunque la verdad es que el hambre comenzaba a apretar, con tantas vueltas que andaba dando y sin desayunar. Prosiguió su camino, resuelto a entrar en el primer bar que viese.

     Un destartalado local fue el agraciado. Sucio y no demasiado bien iluminado, pero ponían tostadas y café a un módico precio. Además, ni dos minutos tuvo que esperar. Se lanzó de inmediato a empapar el pan con aceite, a extender con parsimonia el tomate triturado y por último a rociarlo todo con una pizca de sal. Se deleitó masticando y tragando, dando cuenta del improvisado desayuno, y se bebió el café de un solo trago. Fue entonces, al bajar el vaso, cuando vio la máquina de tabaco al fondo del local. Nervioso, torpón, fue con la vuelta que ya le habían dado, que eficiencia la de aquel camarero por dios, a saciar su insólito apetito. Pero al pulsar los botones nada, la caprichosa máquina no respondía. Estaba a punto de darse por vencido cuando el camarero le espetó:

     — Espere hombre, que ahora mismo se la activo.

     Ah claro, que ahora con la nueva ley hace falta activarlas. Tras escuchar el pitido que lo autorizaba, introdujo las monedas una a una por la ranura, las manos temblorosas. Pulsó el botón, pof, ruido sordo y ahí estaba. Un rectángulo de cartón envuelto en plástico, con las consabidas advertencias sobre los peligros de fumar, relleno de veinte nicotinados cilindros. Lo tomó en sus manos, incrédulo, y corrió a casa. Corrió como nunca había corrido, feliz, lleno de alegría y jolgorio, corrió veloz y en un periquete había cruzado el umbral de su casa. Allí estaba María, en bata, mirándolo con los ojos abiertos y un poco llorosos.

     — ¿Pero qué te ha dado Paco?      — No lo sé, tenía que comprar esto.— dijo mostrando el paquete en sus manos.

     María le alcanza entonces una carta abierta, intentando actuar con naturalidad ante el arrebato de locura de su marido. Él la coge, la mira pero no acierta a leer.

     — Son los resultados de las pruebas.— dice María — Tienes cáncer.

     Paco mira incrédulo hacia abajo, hacia sus manos, la carta en una, la cajetilla que tanto le ha costado conseguir en la otra.

     — Si yo no he fumado en mi vida.

2233 Comentarios 18 de Junio de 2019 a las 13:59